Las nuevas tecnologías suponen inmensas oportunidades, pero también han abierto nuevas puertas para modalidades de violencia tan antiguas como persistentes: las que se dirigen, con particular saña, hacia las mujeres y las niñas. Al acoso, las burlas, la explotación y los insultos misóginos ahora se suman el ciberacoso, la fabricación y difusión no consentida de imágenes, y la proliferación de noticias falsas y discurso de odio.
Las cifras son alarmantes. Estudios internacionales indican que entre el 16% y el 58% de las mujeres han sido víctimas de violencia digital. En América Latina y el Caribe, el 91% de las mujeres ha presenciado o sufrido violencia en línea, según un estudio de The Economist. Y quienes alzan la voz en el espacio público –políticas, periodistas, defensoras de derechos humanos– son el principal foco de estas agresiones. De hecho, el 73% de las periodistas a nivel mundial ha sufrido violencia en línea, según la UNESCO. Producto de ello, 80% limitó su participación en redes sociales, 40% se autocensuró y una de cada tres cambió de puesto laboral.
En el Perú, las más atacadas en línea son quienes informan y representan a la población. Por ejemplo, las mujeres con mayor recepción de discursos de odio son periodistas (30.5%) y autoridades electas (28%) de acuerdo con un análisis desarrollado por el PNUD.
Esta violencia tiene efectos devastadores. No se queda en la pantalla. Afecta la salud mental, las relaciones personales, el rendimiento académico y laboral, y puede derivar en agresiones físicas. Aísla, silencia, excluye. Y debilita pilares esenciales de cualquier democracia, como la libertad de expresión y la participación pública.
¿Por qué este fenómeno se ha expandido con tanta fuerza? Las causas son múltiples: una regulación que no avanza al ritmo de la tecnología; plataformas digitales sin mecanismos efectivos de prevención y respuesta; una cultura que normaliza la violencia contra las mujeres; una inteligencia artificial que puede replicar y amplificar prejuicios; y una impunidad que se beneficia del anonimato y la falta de fronteras en la red.
La lucha por erradicar la violencia contra la mujer, hoy facilitada por las nuevas tecnologías, es una lucha por los derechos humanos. Así lo reconocen los marcos normativos impulsados por las Naciones Unidas, como la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Contra la Mujer, la Plataforma de Acción de Beijing y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Hoy, el Pacto Digital Global refuerza el compromiso de garantizar una tecnología segura y equitativa para mujeres y niñas, así como de combatir todas las formas de violencia que son amplificadas por las tecnologías digitales.
En el Perú, las diversas entidades de la ONU trabajan, con aliados del Estado, la cooperación internacional y la sociedad civil, para promover los derechos de la mujeres y niñas, eliminar toda forma de violencia y discriminación, y alcanzar la igualdad de género. A la par, entidades como ONU MUJERES, UNESCO, PNUD, UNICEF y CINU llevan a cabo iniciativas para combatir la desinformación y frenar el discurso de odio. El desafío es grande, pero actuando juntos podremos lograr una transformación real a favor de los derechos y el futuro de millones de mujeres y niñas.
Los 16 Días de Activismo contra la violencia ofrecen una oportunidad para revitalizar los compromisos internacionales, para exigir responsabilidad y medidas concretas y tomar acción. Únete para poner fin a la violencia digital contra las mujeres y niñas: infórmate, alza tu voz, apoya a sobrevivientes y exige justicia.
Construir un mejor futuro común donde la tecnología no perpetúe la violencia, sino que sea una herramienta para los derechos y el empoderamiento de las personas, es posible y requiere de la acción urgente de todos y todas.
Artículo de opinión publicado originalmente en el diario El Comercio el 26 de noviembre de 2025