Hace casi ochenta años, la Declaración Universal de Derechos Humanos definió lo que todas las personas necesitan para sobrevivir y prosperar. Fue un avance filosófico y político, y ha sido el fundamento de nuestra comunidad global desde entonces.
Los derechos humanos (civiles, políticos, económicos, sociales y culturales) son inalienables, indivisibles e interdependientes. Sin embargo, en los últimos años se ha reducido el espacio cívico. Vemos graves violaciones que indican un flagrante desprecio por los derechos y una cruel indiferencia por el sufrimiento humano.
Juntos tenemos la fuerza para afrontar estas injusticias, protegiendo a las instituciones que hacen de los derechos humanos una realidad tangible.
Cada día, las Naciones Unidas ayudan a personas de todo el mundo a hacer realidad sus derechos más básicos. Junto con la sociedad civil y los Gobiernos, entregamos alimentos y proporcionamos refugio, apoyamos la educación y las elecciones, retiramos minas, defendemos el medio ambiente, empoderamos a las mujeres y nos esforzamos por lograr la paz.
Pero no podemos hacerlo solos. Esta labor depende de que todas las personas, y en todas partes, tomen partido. Cuando protegemos a los más vulnerables, cuando nos negamos a mirar hacia otro lado, cuando defendemos a las instituciones que nos defienden, mantenemos vivos los derechos humanos.
Nuestros derechos no deben quedar en segundo lugar por debajo de los beneficios o el poder. Unámonos para protegerlos, por la dignidad y la libertad de todos.