El número de niñas y niños sometidos a violaciones, esclavitud sexual, matrimonios forzados y trata está aumentando de forma alarmante a medida que se van intensificando los conflictos en todo el mundo. Muchos menores son agredidos con brutalidad cuando huyen de la violencia o cuando se atacan sus hogares. Otros son secuestrados o reclutados como combatientes y obligados a presenciar atrocidades o incluso a cometer ellos mismos actos de violencia sexual.
La violencia sexual contra los niños, una estrategia empleada deliberadamente para castigar a las comunidades y romper los lazos sociales, puede dejar secuelas de por vida, como traumas físicos y psicológicos, y llevar a la exclusión social.
Para poner fin a esta abominación se debe actuar en tres frentes: protección, para que los niños de las zonas en conflicto estén a salvo; rendición de cuentas, para que las víctimas obtengan justicia y los autores asuman las consecuencias; y prevención, eliminando los factores que propician la violencia sexual, fortaleciendo las instituciones e invirtiendo en servicios centrados en los niños. Para poder reconstruir vidas y familias, también se debe prestar un apoyo integral a las personas supervivientes.
Los niños nunca deben ser blanco de la guerra. Protegerlos es un imperativo legal y moral para todos los combatientes y para todos los países.
Con demasiada frecuencia, los conflictos acaban robándoles la infancia a los más pequeños. Pero juntos podemos construir un futuro en el que todas las niñas y todos los niños crezcan con dignidad y en condiciones de seguridad.
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