Gracias al baile una joven refugiada encontró su lugar en el Perú
20 enero 2026
Leyenda: Michelle Zapata, una joven refugiada venezolana de 19 años, baila marinera en Lima. Michelle encontró en esta danza tradicional del norte del Perú una forma de expresarse y sentirse parte de su nuevo hogar.
Entre pasos de marinera, un baile tradicional del Perú, Michelle demuestra cómo las personas forzadas a huir pueden aportar a la preservación de las tradiciones
La larga falda se abre en el aire mientras los pies descalzos se deslizan con rapidez y precisión, marcando giros firmes y elegantes. Michelle alza su pañuelo blanco y sonríe bajo la luz anaranjada del atardecer limeño. Cuando baila marinera, la danza peruana que aprendió al llegar al país que la acogió, se olvida de todos sus problemas: quedan la música, el ritmo y una emoción que recorre todo su cuerpo. “La danza para mí es una forma de liberación”, comenta. Sobre el escenario, Michelle no es solo una joven bailarina, sino también una historia de refugio, esfuerzo y pertenencia.
Michelle Zapata tiene 19 años y es una refugiada venezolana en Perú, el segundo país que más personas refugiadas y migrantes de Venezuela acoge en el mundo. Llegó a Lima hace una década junto a sus padres, cuando apenas tenía 9 años. Proveniente del estado de Anzoátegui, al noreste de Venezuela, su familia se vio obligada a huir. En ese momento, Michelle no entendía por qué dejaban su hogar ni sabía nada de Perú. Con el tiempo, este país se convirtió en su nuevo hogar, donde creció y descubrió que la danza marcaría su camino.
Desde pequeña, bailar era lo que mejor se le daba. En el colegio en el que comenzó a estudiar en Lima tuvo como profesor de danza a un docente originario de Moche, en el norte del país. Fue él quien le enseñó todo sobre la marinera norteña, una danza tradicional que combina influencias indígenas, africanas y españolas, y representa el cortejo a través del movimiento y el uso del pañuelo. Aunque aprendió distintos bailes, fue la marinera la que conquistó a Michelle, no solo por su técnica, sino por su historia y significado.
“Sé más de Perú que de mi propio país”, reconoce. “Llegué muy niña, estudié historia peruana en el colegio y ahora también en la universidad. Me hace feliz. Siento que es un país muy rico en muchas cosas”.
Su primera presentación pública aún la recuerda con una sonrisa. Fue en el aniversario de su colegio, pocos meses después de llegar a Perú. Estaba nerviosa. Su madre no sabía cómo peinarla ni qué accesorios usar para la marinera, y no tenían el traje adecuado. Fueron las madres de sus compañeras peruanas quienes la ayudaron, prestándole la vestimenta. “Mi moño era gigantesco comparado con el de las demás”, recuerda entre risas. Se equivocó en la coreografía, se adelantó en un paso, pero logró corregir. “Después de superar el pánico escénico, me sentí muy feliz”. Aún hoy, dice, los nervios no desaparecen antes de salir a escena.
Pero lo más importante para Michelle es que nunca se sintió discriminada por tener un origen distinto al de sus compañeros de clase. “En el grupo siempre he sido Michelle, una más”, cuenta. “Me he esforzado para ganar mi lugar. Cuando la danza me salía bien, me ponían en la primera fila; cuando me salía mal, atrás. Pero nunca me sentí tratada diferente por ser venezolana”.
Leyenda: Michelle comenzó a bailar marinera poco después de llegar al Perú, cuando solo tenía 9 años. Desde entonces, se enamoró de este baile que combina influencias indígenas, africanas y españolas, y representa el cortejo a través del movimiento y el uso del pañuelo.
Michelle forma parte de los más de 1,6 millones de personas venezolanas que viven en Perú. El país también alberga a más de medio millón de solicitantes de asilo, en su mayoría venezolanos. En este contexto, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, trabaja junto a las autoridades nacionales y locales para brindar protección y apoyo a las personas forzadas a huir, incluyendo el acceso a documentación, como en el caso de la familia de Michelle.
Actualmente, Michelle estudia en la Escuela Nacional Superior de Folklore José María Arguedas, en Lima. Es la única estudiante venezolana entre más de 400 alumnos. Su objetivo es convertirse en bailarina profesional y también en docente. Sueña con investigar danzas tradicionales del Perú poco conocidas, difundirlas y crear propuestas escénicas a partir de ellas. Aunque muchas personas se sorprenden de que, siendo extranjera, se dedique a las danzas folklóricas peruanas, ella lo vive con orgullo. “Quiero ayudar a que las tradiciones no se pierdan y enseñar a los niños a cuidar su cultura”, explica.
Leyenda: Michelle, una de los más de 1,66 millones de personas venezolanas que viven en el Perú, nunca se sintió discriminada por tener un origen distinto al de sus compañeros de clase. Está feliz de ayudar a enriquecer la cultura de su país de acogida.
Para Michelle, el arte tiene un profundo impacto social. “Ayuda a que las personas se identifiquen con la cultura de su país, a querer saber más y a cuidarla”. Su danza también es un mensaje de superación. Como refugiada, ha atravesado momentos difíciles, como ver a su madre sufrir por la distancia y no poder despedirse de su abuelo antes de fallecer. Hoy, su madre la acompaña y se siente orgullosa de verla bailar, integrada a la cultura que la acogió.
“Estoy orgullosa de ser venezolana”, afirma Michelle, “pero también canto el himno del Perú y tengo un gran respeto por el país que me recibió, sin perder mi identidad”. Con cada paso de marinera, Michelle reafirma que pertenecer no siempre significa olvidar de dónde se viene, sino encontrar nuevas formas de sentirse en casa.
Entidades de la ONU involucradas en esta iniciativa
ACNUR
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados
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